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El Weblog sin dogmas

No se puede vivir solamente por el escepticismo

Posted by keithcoors_00 en 9 marzo, 2009

La curiosidad intelectual es la negación de todos los dogmas y la fuerza motriz del libre examen.

José Ingenieros

Desde Nature
Por: Harry Collins
Traducción: KC


Los científicos han sido demasiado dogmáticos acerca de la verdad científica y los sociólogos han fomentado demasiado escepticismo – los científicos sociales deben ahora elegir para poner la ciencia en el centro de la sociedad.

El término “estudios de ciencia” fue inventado en la década de 1970 por «extraños», tales como aquellos en las ciencias sociales y humanidades, para describir lo que tenían que decir acerca de la ciencia. Los estudios de ciencia han ido a través de lo que mis colegas y yo, en la Escuela Cardiff de Ciencias Sociales, en el Reino Unido, vemos como dos oleadas. En la oleada uno, los científicos sociales tomaron a la ciencia como la forma definitiva de los conocimientos y trataron de determinar qué tipo de sociedad la alimentaba mejor. La oleada dos se caracteriza por el escepticismo acerca de la ciencia (N. de KC. Yo le llamaría más que escepticismo, incredulidad, pero abundaré sobre este cambio en la traducción en mi comentario final).

La reciente posición dominante de esta segunda oleada lamentablemente ha llevado a algunos, desde los estudios de ciencia y del más amplio movimiento de humanidades conocido como post-modernismo, a la conclusión de que la ciencia es sólo una forma de fe o de política. Se han convertido en demasiado cínicos (e incrédulos, N. de KC.) acerca de la ciencia.

El prospecto de una sociedad que rechaza totalmente los valores de la ciencia y la experiencia es demasiado horrible para contemplarse. Lo que se necesita es una tercera oleada de estudios de ciencia para contrarrestar el escepticismo (o incredulidad, N. de KC.) que amenaza para empantanarnos a todos.

Hay que escoger, o ‘elegir’, para poner los valores que sustentan el pensamiento científico de nuevo en el centro de nuestro mundo, tenemos que sustituir el posmodernismo con un ‘modernismo electivo’. Para contribuir a ello, los científicos sociales debemos trabajar en lo que es correcto sobre la ciencia, no sólo lo que está mal – no podemos vivir por el escepticismo solamente. Las ciencias naturales, también tienen un papel que desempeñar: deben reconocer y reflexionar sobre los límites de su práctica y su comprensión. Juntos, debemos optar por vivir en una sociedad que reconoce el valor de la experiencia y los conocimientos especializados.

Esta tercera oleada tendrá resistiencia. Los post-modernistas se han transformado en comodinos dentro de un capullo de cinismo (e incredulidad, N. de KC.). Y algunos científicos naturalistas han llegado a ser demasiado aficionados a describir su trabajo como divino. Otros están dispuestos a ofrecer simples ideas críticas de creencias profundamente arraigadas. Pero la tercera ola que se necesita para poner la ciencia en el lugar que le corresponde.

La perspectiva de una sociedad que rechaza totalmente los valores de la ciencia es demasiado horrible para contemplar.

Lógica de la ciencia

La primera ola de estudios de la ciencia en gran parte coincide con la confianza en la ciencia de la post guerra, que se basaba en el éxito de los físicos durante la Segunda Guerra Mundial. Durante este período, los filósofos trataron de definir la lógica de las ciencias, culminando en la idea de de Karl Popper de que el criterio de validez científica es la capacidad de establecer las condiciones bajo las que una reclamación podría ser probada como falsa. Los científicos sociales como Robert Merton documentó, además, las normas de la comunidad científica: la ciencia debe ser imparcial, desinteresada, un bien público gratuito y sujeto a una revisión crítica organizada. Estas normas parecían estar en el centro de la ciencia que derrotó al fascismo. No es sorprendente que estas normas empataran bien con los ideales democráticos de tal forma que, convenientemente, la democracia podría ser descrita como el mejor sistema político, puesto que produce la mejor ciencia.

La segunda ola fue una hija de la más amplia revolución cultural de la década de 1960, pues todo, desde el sexo hasta que la ideología, se soltó de amarres. En círculos de estudios de ciencia, la autoridad de la ciencia recorría el camino de la camisa y corbata. Se demostró que muchos tipos de actividades científicas no se ajustaban a los “modelos” de los filósofos e ignoraron las normas, y, sin embargo, todavía tenían éxito.

Una de mis contribuciones a esta segunda ola fue demostrar que los científicos no siempre podían comprobar un resultado simplemente repitiéndolo, porque lo que contaba como una repetición satisfactoria, no quedaba clara si se desataba una controversia a profundidad. Tomemos, por ejemplo, el reclamo del físico Joseph Weber, de que había detectado ondas gravitatorias en el decenio de 1960. Era muy difícil refutar esta aseveración experimentalmente, porque Weber y sus aliados no aceptarían que los que no podían repetir sus resultados se habían esforzado lo suficiente. Un único experimento u observación negativa no podía demostrar la falsedad de su teoría, por lo que la idea de Popper parecía defectuosa.

Los historiadores muestran que tanto el experimento de Michelson-Morley de 1887 sobre la velocidad de la luz, como las observaciones del eclipse de Sir Arthur Stanley Eddington en 1919, que supuestamente proporcionaron claves para el apoyo empírico de las teorías de Einstein, fueron abiertas a diferentes interpretaciones, aunque los libros de texto siguieron ofreciendo relatos casi míticos sobre lo decisivo de estos experimentos1.

Este tipo de análisis – en el que se demuestra que la ciencia no puede evitar la influencia humana – se dio en llamarse constructivismo social.Posteriormente, algunos científicos comenzaron una guerra contra los constructivistas sociales, lanzándolos al centro de atención. De repente, los sociólogos fueron culpados de los crecientes problemas de la ciencia, desde el rechazo de confianza en los alimentos genéticamente modificados a la disminución de la financiación, simbolizado por la caída en los Estados Unidos del Super Colisionador Superconductor en 1993.

Se dijo que los sociólogos estaban tratando de socavar a la ciencia. Pero no estábamos cuestionando los resultados de los grandes experimentos, simplemente examinando la forma en que se establecía el consenso de su interpretación. Las conclusiones de la mayoría de nosotros eran moderadas: la ciencia no podía suministrar las certezas absolutas de la religión o la moralidad, y los científicos no eran sacerdotes, sino más bien hábiles artesanos, llegando a verdades universales, pero inevitablemente quedándose cortos. Lejos de hacer anti-ciencia, que estábamos tratando de hacer era salvaguardar la ciencia contra el peligro de reclamar más de lo que podía ofrecer. Si la ciencia se presenta como la verdad revelada inevitablemente decepcionará, invitando a una reacción peligrosa, incluso los más talentosos artesanos tienen sus días de descanso, mientras que un dios no debe fracasar.

El desarme de los guerreros

Por el año 2000, la producción de libros, ponencias y conferencias que contribuían a la guerra de las ciencias se había detenido prácticamente, mientras que los estudios de ciencia crecieron en tamaño e influencia. Serios sociólogos y científicos se hicieron amigos y de vez en cuando publicaban trabajos conjuntamente2. La sociedad no puede simplemente volver a como fueron las cosas durante oleada uno, como los guerreros de la ciencia habrían preferido, el escepticismo (o incredulidad, N. de KC.) nacido de la segunda ola no puede ser simplemente olvidado.

Por definición, la lógica de un argumento escéptico derrota cualquier cantidad de evidencias, uno puede deducir que ninguna inferencia que parta de las observaciones puede ser cierta, que no se puede estar seguro de que el futuro será como el pasado, y que nada es exactamente como cualquier otra cosa, haciendo el proceso experimental de repetición más complicado de lo que parece. El trabajo de los sociólogos era simplemente mostrar cómo esto se desempeñaba en la práctica de laboratorio.

Hoy en día, sin embargo, me pregunto si los guerreros de la ciencia podrían haber tenido razón en preocuparse por las consecuencias (no intencionales) de lo que estaban haciendo los constructivistas sociales. Es posible que también obtuvimos mucho de lo que deseábamos. El mito fundador del científico individual utilizando evidencias contra el poder de la iglesia o el estado – que tienen un papel central en las sociedades occidentales – ha sido sustituido por un modelo en el que científicos maquiavélicos participan en ingeniosas colaboraciones con los poderosos.

Los post-modernistas se han transformado en comodinos dentro de un capullo de cinismo.

El moderno analista social de la ciencia no tiene más que decir sobre el fracaso de las teorías de Trofim Lysenko sobre la herencia biológica durante la época de Stalin, que la Unión Soviética fracasó – simplemente ambos perdieron una batalla política.

Uno puede justificar cualquier cosa con escepticismo. Recientemente, un filósofo que actúa como perito en un caso judicial en los Estados Unidos alegó que el método científico, estando tan mal definido, podría apoyar el creacionismo. Peor aún, en la actualidad se dice que las ideas científicas y tecnológicas se limitan a una cuestión de estilo de vida, apoyando la idea de que el sabio popular puede estar justificado en la elección de soluciones técnicas de acuerdo con sus preferencias – una idea que recuerda horriblemente “el sentido común de la gente” favorecido en la década de 1930 en Alemania. Algunos científicos sociales defienden el derecho de los padres a rechazar las vacunas y otros tratamientos antinaturales porque la falta de peligro no puede ser absolutamente demostrada. A principios de siglo, las políticas del Presidente Thabo Mbeki negaron la aplicación de medicamentos antirretrovirales para embarazadas VIH-positivas en Sudáfrica. Algunos vieron esto como un justificado golpe contra el imperialismo occidental, dado que la seguridad y la eficacia del tratamiento no podía ser probado más allá de toda duda.

Una tercera oleada de estudios de ciencia significaría romper con la rutina actual y las críticas seguras, y en su lugar tomar los riesgos involucrados en la síntesis y generalización para construir la cultura humana. Mbeki afirmó que no se había demostrado que los medicamentos antirretrovirales reducen la transmisión del VIH desde la madre al niño, y señaló que algunos científicos sostenían que las drogas son venenosas. Tenía razón. El difícil problema para los estudios sociales de la ciencia es mostrar por qué, a pesar de que tenía razón en la lógica, estuvo equivocado para todos los efectos prácticos. Sólo mostrando hay algunas dudas acerca de un tema, u otro lado de la historia – en el que los científicos sociales son hoy en día imbatibles – no nos dice qué hacer en un caso como este.

“Expertise” definida

Una manera de tratar de romper el difícil problema es analizar y clasificar la naturaleza de la experiencia para proporcionar las herramientas para una ponderación inicial de la opinión. El resultado de este ejercicio es la creación de nuevas categorías de expertos (como personas cuyo desarrollo se basa en la experiencia en lugar de una formación y sus respectivos certificados), y la exclusión de algunas de las viejas clases (por ejemplo, científicos hablando fuera de sus estrechas áreas de especialización). Mis colegas y yo hemos resumido este planteamiento en una especie de “tabla periódica” de “expertise”3.

Algunos especialistas en ciencias naturales se han vuelto demasiado aficionados a describir su trabajo como divino.

Usando este enfoque, se puede demostrar que las ideas de Mbeki sobre el peligro de los antirretrovirales se desarrollaron mediante la lectura de puntos de vista de un pequeño grupo rebelde de científicos por Internet y asesorando a sus ministros a hacer lo mismo. Pero la opinión obtenida a través de la Internet no siempre es desarrollada dentro de la opinión de la comunidad científica. Aunque en principio la lógica de la postura de los rebeldes no puede ser derrotada, un hacedor de políticas debe aceptar la postura de aquellos que comparten el conocimiento tácito de la comunidad de expertos.

No se trata sólo de los científicos sociales que tendrían que cambiar su enfoque en virtud de la modernidad electiva. Si vamos a elegir los valores que sustentan el pensamiento científico para apoyar la sociedad, los científicos deben pensar en sí mismos como líderes morales. Pero tienen que enseñar falsabilidad, y no la verdad absoluta. Cuando un científico, actuando en nombre de la ciencia, engaña, manipula cínicamente, afirma que habla con la voz del capitalismo, con la voz de un dios, o incluso la voz de un ateo doctrinario, no sólo disminuye a la ciencia, sino al conjunto de nuestra la sociedad.

En una sociedad informada por modernismo electivo, la crítica libre de las ideas sería una buena cosa; la forma correcta de aplicar los conocimientos sobre el mundo natural sería a través de la observación, la teoría y el experimento, no la revelación, la tradición, el estudio de los libros de origen oscuro o la construcción de alianzas con los poderosos. Los hallazgos de la ciencia han de ser preferibles a las verdades reveladas por una religión, y son más valientes que la lógica del escepticismo, pero no son ciertas al 100%. Son una mejor tierra para cultivar a la sociedad, sola y precisamente porque son provisionales. Es un debate abierto entre las personas con experiencia, que es el valor superior de la buena sociedad.

La ciencia, entonces, nos puede proporcionar una serie de valores – no hallazgos – para saber cómo llevar nuestras vidas, y eso incluye nuestra vida social y política. Pero puede hacerlo sólo si aceptamos que la evaluación de los resultados científicos es una tarea mucho más difícil una vez que se cree en ellos, y que esos hallazgos no conducen directamente a conclusiones políticas. Los científicos pueden guiarnos sólo admitiendo sus debilidades, y, en forma concomitante, cuando nosotros, los externos, juzguemos a los científicos, debemos hacerlo no con la norma de la verdad, sino con el estándar mucho más suave de los conocimientos especializados.

Imagen por J. TAYLOR
Harry Collins es director del Centro para el Estudio de la Ciencia de Expertise de Conocimiento en la Universidad de Cardiff, Reino Unido. Actualmente trabaja en un libro sobre conocimiento tácito y explícito.
Correo electrónico: collinshm@cf.ac.uk


Referencias:
1. Collins, H. & Pinch, T. The Golem: What You Should Know About Science (Cambridge Univ. Press, 1998).
2. Labinger, J. & Collins, H. The One Culture: A Conversation About Science (Chicago Univ. Press, 2001).
3. Collins, H. & Evans, R. Rethinking Expertise (Chicago Univ. Press, 2007).


Comentario.

Este magnífico ensayo pone de manifiesto que en realidad el escepticismo puede ofrecer un valor añadido a los resultados de la ciencia, pero no sólo eso, sino que también puede generar las escalas de valor de la “expertise” (término chocante que a veces quiere decir experiencia y a veces conocimientos especializados). Pero no puede proporcionar todas las soluciones sin el trabajo de la observación de los fenómenos, de su clasificación, teorización y formulación de modelos.

También he de resaltar que en algunos casos que aquí hemos expuesto, el escepticismo se ha confundido con incredulidad, pues sobre esta segunda oleada que menciona el autor, se han montado un ejército de personas sin conocimientos, sin experiencia y sin formación adecuada, aprovechando la libertad de medios como la internet, para fomentar una actitud digna de Torquemada en contra de todo lo que huela a ciencia. En este espacio se han tenido ejemplos que ponen en evidencia la falta de conocimientos y de profundidad suficiente de estos a quienes he llamado “desinformadores profesionales” o bien “terroristas de la información”, quienes haciendo uso de tecnología han abusado de su propia ignorancia y de la credulidad de la gente (al estilo de Mbeki).

La tercera oleada que propone el autor parece más sensata en términos de la aplicación de un debate ordenado y generalizado, que implicaría una mayor participación de gente con suficiente experiencia como para ser escépticos respecto a la ciencia y sus resultados, pero también suficientemente rectos para no caer en las tentaciones que tanto claman los nuevoereros (neologismo que describe a los seguidores de la “nueva era”) y los conspiranoicos de fin de semana como males endémicos de la ciencia.

Saludos desde la cresta de la tercera ola.

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