Ahuramazdah

El Weblog sin dogmas

¿Por qué la realidad y la percepción no siempre empatan?

Posted by keithcoors_00 en 10 agosto, 2010

Odio la realidad, pero es en el único sitio donde se puede comer un buen filete.

Woody Allen



Desde Scientific American
Por Christof Koch
Traducción y comentarios: KC



Todos nosotros, incluso los filósofos posmodernos, somos realistas ingenuos de corazón. Suponemos que el mundo exterior se mapea perfectamente con nuestra visión interna de este – una expectativa que se ve reforzada por la experiencia cotidiana. Veo una taza de café sobre la mesa, la tomo para beber un sorbo y, he aquí, de pronto llega el líquido caliente a mi boca. O veo una amarillenta pelota de tenis sobre el césped, la recojo y la lanzo. En forma tranquilizadora, mi perro parece compartir mi verídico punto de vista sobre la realidad: persigue a la pelota y triunfante la atrapa entre sus mandíbulas.


No es sorprendente que deba haber una coincidencia entre la percepción y la realidad, porque la evolución elimina sin piedad a los no aptos. Si habitualmente no se percibe correctamente o incluso se alucina y se actúa sobre malentendidos, no se sobrevive mucho tiempo en un mundo lleno de peligros cuya prevención requiere de la estimación exacta de distancias y de evaluaciones de velocidad y de la reacción rápida. Si te sumerges en aguas rocosas o conduces por una carretera estrecha, de dos carriles con autos que pasan zumbando en la dirección opuesta, los pequeños errores pueden ser letales.


Probablemente piensas que tus ojos registran con alta fidelidad la información sobre el tamaño absoluto, la velocidad y la distancia de los objetos visibles y que respondes con base en datos imparciales. Pero a pesar de que construimos robots de este modo, dotándolos de sensores y computadoras para sondear las propiedades métricas de su entorno, la evolución ha tomado un camino más complejo.


Como han descubierto los psicólogos y neurólogos a lo largo de las últimas décadas, nuestra conciencia proporciona una interfaz estable a un vertiginoso y rico mundo sensorial. Por debajo de esta interfaz están al acecho dos sistemas de visión que trabajan en paralelo. Ambos son alimentados por los mismos sensores, los globos oculares; sin embargo, tienen funciones diferentes. Un sistema es responsable de la percepción visual y es necesaria para la identificación de objetos, como autos que se aproximan y potenciales compañeros, con independencia de su tamaño aparente o la ubicación en nuestro campo visual. El otro es el responsable de la acción: transforma la información visual en los movimientos de nuestros ojos, manos y piernas. Conscientemente sólo experimentamos el primero, pero dependemos de ambos para nuestra supervivencia.


Cuando conduces por las montañas, ¿has notado una discrepancia entre la pendiente descrita en la señal amarilla de tráfico y la sensación de que la pendiente es en realidad mucho más pronunciada? El psicólogo Dennis R. Proffitt de la Universidad de Virginia y su entonces estudiante graduada Jessica Witt lo notaron. Siendo científicos y no filósofos, diseñaron un experimento para averiguar por qué. Proffitt y Witt se situaron en la base de las colinas del campus y pidieron a los estudiantes pasar a estimar su pendiente de dos maneras. Los sujetos tenían que alinear la raya diámetral en un disco plano con la inclinación de la colina. También se les pidió que colocaran la palma de su mano en un tablero móvil montado en un trípode y luego, sin mirar a su mano, ajustar el sesgo de la junta hasta que sintieran que coincidía con la inclinación del cerro.


En la primera parte de la prueba, que se basó únicamente en las señales visuales, los sujetos sobreestimaron la inclinación, interpretando una de 31 grados como una mucho más pronunciada, de 50 grados. Pero cuando los ojos de la gente guiaban sus manos, los sujetos juzgaron con más precisión, inclinando la junta a un ángulo adecuado. Quizás aún más sorprendente fue el hallazgo de la tendencia de las personas a sobreestimar la parte estrictamente visual de la prueba aumentando en más de un tercio su estimación cuando acababan de trotar una carrera agotadora, y sin embargo las estimaciones de la mano no se vieron afectadas. La misma discrepancia se produjo cuando los sujetos usaron una mochila pesada, eran ancianos o estaban en mal estado físico o con deterioro de la salud.


En otra variante del experimento, Proffitt ponía a los sujetos de pie en la cima de una colina, ya fuese sobre una patineta o sobre una caja de madera del mismo tamaño que el monopatín. Los participantes fueron instruidos para mirar hacia abajo de la colina y juzgar, tanto en forma visual como de forma manual, su inclinación. También se les preguntó si sentían miedo a descender la colina. Los participantes temerosos de pie sobre el monopatín juzgaron la colina más pronunciada que las almas valientes de pie en la caja. Sin embargo, la medición manual de la pendiente guiada visualmente no se vio afectada por el miedo.


Proffitt sostiene que la percepción no es fija: es flexible, reflejando el estado fisiológico de una persona. Tu percepción consciente de la inclinación depende de tu capacidad actual para subir o bajar colinas, un trabajo duro que no debe tomarse a la ligera. Si estás cansado, débil, asustado o llevando una carga, tu evaluación de la colina, la que guía tus acciones, será diferente de lo que ves. No por gusto, sino por diseño. Es la forma en que estamos cableados.


El equipo de Witt-Proffitt publicó otro informe sobre la observación, bien conocido en la tradición deportiva, de que los jugadores de béisbol perciben la pelota más grande cuando están bateando bien y más pequeña cuando están en una racha perdedora. Desde entonces, Witt, ahora profesora en la Universidad de Purdue, junto con su estudiante Travis Dorsch, ha abordado este enlace interesante entre cómo el éxito (o falta de él) en una tarea afecta la percepción de las personas acerca del mundo.


En su experimento, 23 voluntarios tenían que patear una pelota de fútbol americano a través de la portería desde la línea de 10 yardas. Después de un calentamiento, se les pidió a los participantes que juzgasen la altura y la anchura de la portería mediante el ajuste manual de un modelo a escala reducida de la portería hecho de tubos de PVC. Entonces cada uno realizó 10 patadas. Inmediatamente después de la patada final, los participantes repitieron la medición de la percepción.


El resultado fue sorprendente. Antes de patear, el grupo tenía la misma percepción de la magnitud de la portería (por cierto, una inexacta: todo el mundo subestimó la relación real entre la anchura y la altura). Pero después de 10 tiros, los pateadores pobres (los que anotaron dos o menos goles de campo) vieron la portería con un 10 por ciento más estrecha del que tenían antes, mientras que los pateadores buenos (los que anotaron tres o más) percibieron el objetivo alrededor de 10 por ciento más amplio. Qué tan bien te has desempeñado durante los últimos minutos ¡influye en tu forma de ver el mundo! No sólo metafóricamente, sino en su nivel fisiológico, el que cambia las percepciones reales.


Después de hacer más minería de datos, los dos psicólogos descubrieron que las personas que no lograron el gol de campo porque tienden a patear el balón demasiado corto perciben que el travesaño es más alto que sus compañeros con más éxito, mientras que aquellos que se perdieron debido a que fallaron hacia los lados juzgaron que los postes laterales estaban más estrechos.


Así que ahora puedes estar pensando: ¡Qué conveniente! El sistema perceptivo nos ofrece justificaciones egoístas por nuestro mal desempeño. Pero es posible que haya algún valor aquí, evolutivamente hablando: si la gente percibe la portería como más o menos alta de lo que realmente es, apuntarán con mayor precisión la próxima vez. Witt y sus colegas han encontrado que lo que sucede en el fútbol también es válido para el softbol y el golf, y, lo más probable, para la vida en general.


Nuestra percepción consciente del mundo, aunque relativamente estable, no es estática. Somos incapaces de ser completamente objetivos, incluso en nuestras observaciones e impresiones más mundanas. Nuestra conciencia de los objetos que nos rodean es informada y ajustada por cualquier número de factores transitorios; nuestra resistencia y los niveles de energía, nuestro sentido de confianza, nuestros miedos y deseos. Ser humano significa ver el mundo a través de nuestros propios lentes, siempre en constante cambio.


Comentario:


Una de las ocupaciones de este espacio de promoción al escepticismo es tratar de analizar la realidad de manera objetiva. Ya desde sus inicios, Ahuramazdah tenía entre sus publicaciones algunos intentos por clasificar los niveles de realidad. En ese entonces se proponía el tercer nivel, que es el de la percepción de la realidad, que también es real pero afectable, como lo muestra este artículo.


Resulta esclarecedor aprender que un claro sesgo de nuestra percepción se debe a situaciones fisiológicas (salud, condición física, cansancio, etc.) pero también a situaciones emocionales como el miedo, o el sentimiento de logro y éxito. Por esta relación me surgen varias dudas:
  • ¿Que pasa con la percepción que tiene la gente que no presenta mucha aptitud para las ciencias?
  • ¿Es como el caso de los pateadores fallidos o el de los corredores cansados o de los patinadores temerosos?
  • ¿Acaso influye para percibir a la ciencia misma como algo inalcanzable, malévolo, indeseable, o incluso oficial?
  • ¿Será por eso que algunas personas prefieren las pseudociencias?
Seamos realistas (por una ocasión al menos), las pseudociencias ofrecen soluciones fáciles “al alcance” de cualquiera, incluyendo a aquellos que tengan un sentimiento de frustración ante la pendiente elevada que significa seguir los métodos de la ciencia.


Pero también, siendo realistas, la ciencia ofrece soluciones al alcance de cualquiera; claro, de cualquiera que decida abandonar sus miedos y temores, hacer a un lado su cansancio mental y seguir los métodos (a veces arduos y frustrantes) que la ciencia ofrece a todos los que deseen seguirla. Sus resultados son invaluables y no se comparan en éxito con los de otras formas chapuceras e irracionales de comprender el universo.


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