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El límite de la razón… y de la irracionalidad

Posted by keithcoors_00 en 11 agosto, 2010

¿No te parece, que es una vergüenza para el hombre, que le suceda lo que a los más irracionales de los animales?

Sócrates



Desde Newsweek
Por Sharon Begley
Traducción y comentarios: KC


Por qué la evolución puede favorecer la irracionalidad.

Las mujeres son malas conductoras, Saddam Hussein planeó el 9/11, Barack Obama no nació en los EE. UU., e Irak tenía armas de destrucción masiva: creer cualquiera de estas afirmaciones requiere la suspensión de algunas de nuestras facultades de pensamiento crítico – y en lugar de eso sucumbir a la clase de irracionalidad que vuelve locos a quienes poseen una la mente lógica. Ayuda, por ejemplo, utilizar el sesgo de confirmación (ver y recordar únicamente la evidencia que apoya tus creencias, de forma que puedes relatar ejemplos de mujeres conduciendo a 50 km/h en el carril rápido). Ayuda también a no poner a prueba tus creencias respecto a los datos empíricos (¿dónde, exactamente, están las armas de destrucción masiva, después de siete años de rastreo de las fuerzas de EE.UU. en todo Irak?); a no someter las creencias a la prueba de plausibilidad (la falsificación de certificados de nacimiento de Obama ¿requeriría una conspiración generalizada?); y a no ser guiados por la emoción (la pérdida de miles de vidas estadounidenses en Irak se siente más justificada si se quiere vengar el 9/11).


El hecho de que los humanos están sujetos a todas estas deficiencias del pensamiento racional parece no tener sentido. La razón se supone que es el mayor logro de la mente humana, y la ruta a los conocimientos y a las decisiones sabias. Pero como los psicólogos han estado documentando desde la década de 1960, los seres humanos somos muy, muy malos en esto del razonamiento. No es sólo que seguimos nuestras emociones muy a menudo, en contextos que van desde las elecciones hasta la ética. No, incluso cuando tenemos la intención de desplegar toda la fuerza de nuestras facultades racionales, estas son a menudo tan ineficaces como los eunucos en una orgía.


Una idea radical en las filas de los filósofos y los científicos cognitivos sugiere por qué esto es así. La razón por la que caemos en el sesgo de confirmación, por la que somos ciegos a los contraejemplos, y por la que nos quedamos cortos de la lógica cartesiana en muchos otros casos, es que estas fallas tienen un propósito: nos ayudan a “diseñar y evaluar los alegatos que tengan por objeto persuadir a otra gente”, dice el psicólogo Hugo Mercier de la Universidad de Pennsylvania. Las fallas de la lógica, proponen él y el científico cognitivo Dan Sperber del Institut Jean Nicod en París, son de hecho maniobras eficaces para ganar en las discusiones.


Eso pone al razonamiento pobre bajo una luz completamente diferente. Discutir, después de todo, es menos búsqueda de la verdad y más sobre superar los puntos de vista contarios a los nuestros. Así, mientras que el sesgo de confirmación, por ejemplo, nos puede inducir a error acerca de lo que es cierto y real, dejando que los ejemplos que apoyan nuestro punto de vista monopolizcen la memoria y la percepción, maximiza la artillería que manejamos al tratar de convencer a alguien de que, por ejemplo, realmente “llega tarde todo el tiempo”. El sesgo de confirmación “tiene una explicación sencilla”, argumenta Mercier. “Contribuye a la argumentación eficaz.”


Otra forma de razonamiento defectuoso aparece en acertijos de lógica. Consideremos el silogismo “Ningún C es B, todos los B son A, por lo que algunos A son C” ¿Es verdad? Menos del 10 por ciento de nosotros se da cuenta de que lo es, dice Mercier. Una razón es que para evaluar su validez requiere la construcción de contraejemplos (encontrar un A que es una C, por ejemplo). Pero encontrar contraejemplos pueden, en general, debilitar nuestra confianza en nuestros propios argumentos. Las formas de razonamiento que son buenas para la resolución de acertijos de lógica, pero malas para ganar discusiones, perdieron a lo largo de la evolución, contra las que nos ayudan a ser persuasivos, pero nos llevan a luchar con silogismos abstractos. Curiosamente, los silogismos son más fáciles de evaluar en forma “no hay seres voladores que sean pingüinos; todos los pingüinos son aves; por lo tanto algunas aves son no voladoras.” Eso es porque somos más propensos a discutir acerca de animales que de letras como A, B y C.


El tipo de pensamiento erróneo llamado razonamiento motivado también impide nuestra búsqueda de la verdad pero hace que las discusiones avancen. Por ejemplo, tendemos a buscar con mayor insistencia los defectos en un estudio cuando no estamos de acuerdo con sus conclusiones y somos más críticos con la evidencia que socava nuestro punto de vista. Así los conspiranoicos desestiman evidencias presentadas por los funcionarios de Hawai acerca de que el certificado de nacimiento de Obama es real, y los opositores de la pena de muerte son expertos para encontrar fallas en los estudios que concluyen que la pena capital disuade al crimen. Si bien el razonamiento motivado puede nublar nuestra visión de la realidad y nos impide la evaluación objetiva de las pruebas, dice Mercier, por sintonizarnos con los defectos (reales o no) de la evidencia, nos prepara para lanzar una estrategia avasalladora de argumentos.


Incluso la falacia de coste perdido, que ha animado tanto a los partidarios de una guerra perdida (“Ya hemos perdido tantas vidas, que sería una traición retirarnos”) como a los inversionistas en acciones perdedoras (“He mantenido estos títulos tanto tiempo”), refleja el razonamiento que da la espalda a la lógica, pero gana discusiones, porque las emociones a las que apela son universales. Si Mercier y Sperber tienen razón, la falacia del costo perdido, el sesgo de confirmación, y otras formas de irracionalidad estarán con nosotros siempre y cuando los seres humanos disfrutemos de discutir. Es decir, para siempre.


Imagen de entrada: Scott Barbour—Getty Images. “El pensador” por el escultor Francés Auguste Rodin.


Comentarios.


Los resultados de Mercier y Sperber podrían explicar el por qué a veces los seres que amamos en ocasiones intentan apabullarnos con argumentos irracionales. Y es que desde muy jóvenes nos gusta “ganar” en estas confrontaciones diarias con los que nos rodean. Acabo de prohibir a mi hijo de 14 años que use la computadora como resultado de un argumento que esgrimió basado en falsedades (o en sesgo de confirmación); le habíamos autorizado usar la PC con internet por 30 minutos y se le hizo poco tiempo, por lo que argumentó en tono lastimero “¡Llevo tres dias sin usar la compu!”. Era evidente que no era así, pero de seguro él no quiso recordar que la había usado ayer, antier y toda la semana.


Es obvio que su argumentación no era para desacreditar nuestro punto de vista como padres, sino para lograr su objetivo de usar la PC por más de 30 minutos. Su expresión de extrañeza cuando se le recordó que no había dejado de usar la PC ni un sólo día durante la última semana, mostró que le costaba trabajo recordar sus sesiones, dificultad a su conveniencia. Pero esa falla de razonamiento le costó la prohibición.


Así, hay mucha gente que no desea perder, aunque no se trate de una pérdida real sino de un leve retroceso. Algunos se empecinan en atacar y atacar y atacar hasta que se convierten en verdaderos energúmenos irracionales, llenos de rencor y sed de venganza. 


¿Hasta dónde resulta conveniente llevar esta situación? Mi adivinanza educada es que quienes lo hacen en forma reiterada, sin dar espacio a un resquicio de reflexión, eventualmente sufrirán algún trastorno, al estilo de una parálisis, o una diabetes o un ataque cardiaco. O en el peor de los casos, un arresto, una condena o la muerte misma. En realidad no vale la pena llevar a tal extremo la irracionalidad. Pero eso es asunto de ellos. Por acá nos gusta ganar, sí, pero no a costas de nuestra salud, de nuestra felicidad o de nuestra tranquilidad.


¡Bendita inteligencia y bendita razón que nos indican los límites de la irracionalidad!

Una respuesta to “El límite de la razón… y de la irracionalidad”

  1. […] muchas veces ayuda a “ganar” en una discusión (como se analizó en la entrada “El límite de la razón… y de la irracionalidad“), al final con el tiempo ese triunfo con mucha porbabilidad se convertirá en un problema. […]

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