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El Weblog sin dogmas

Perturbaciones ante la muerte

Posted by keithcoors_00 en 7 junio, 2013

La vida es una ininterrumpida e intermitente sucesión de problemas que sólo se agotan con la muerte.


Ingmar Bergman




Pues sí, la muerte es algo inevitable. Mueren los seres vivos, mueren las estrellas, muere el universo. Todo principio tiene un fin. Todo prólogo tiene un epílogo. Entonces, si todos sabemos eso como un hecho de este mundo ¿por que hay gente que se siente tan perturbada frente a la muerte?


Me refiero a perturbación en el sentido de incomodidad, de necesidad de hacer algo más allá de lo ordinario para sobrellevar este trance, en especial cuando alguien cercano fallece. Recientemente mi madre de 90 años de edad falleció, y si bien no me encontraba totalmente “preparado” para su deceso, la inevitabilidad razonada de este hecho impidió que me sintiese perturbado. Sin embargo, a raíz de este suceso, la gente que me rodea ha tenido reacciones muy interesantes, algunas de ellas definitivamente candidatas a ser causa de perturbación.


Para empezar, cuando alguien muere en su casa (como le sucedió a mi progenitora), es necesario que se dé aviso a ciertas instancias legales. Al parecer el protocolo inicia dando aviso a la Cruz Roja, quien a su vez da aviso a la policía municipal, quien a su vez advierte a la policía judicial y posteriormente al ministerio público. Este último es el encargado de enviar un perito forense para determinar la posible causa de muerte. Aunque si uno cuenta con un médico de confianza, éste puede extender el certificado de defunción y comunicar al perito sus hallazgos respecto a la causa del deceso. Si no se cuenta con médico de cabecera, los representantes de las funerarias que se presentan acompañando a los policías ofrecen ese servicio dentro de un “paquete”. Fue perturbador enterarme que representantes de toda esta cadena de instancias estarían presentes en mi casa hasta que se certificara la causa de la muerte de mi santísima madre. Y yo digo, mucho pinche pedo para morirse, me cae.


Lo malo es que en casos como el de mi madre, el IMSS y otras instituciones públicas de salud evitan hacerse cargo de ellos. Cuando la muerte parece inevitable, estas instituciones se lavan las manos y envían a los enfermos a “bien morir” a sus casas. Lo mismo pasó con mi papá quien después de estar internado una semana en el ISSSTE de Toluca, fue dado de alta para que no falleciera en sus instalaciones. El pobre murió al llegar a casa minutos después de ser dado de alta. Pienso que con ello se evitan todo el espectáculo legal.


Y no es que culpe a estas instituciones de la muerte de mis padres. El ISSSTE no tuvo la culpa de que mi papá adquiriese efisema pulmonar por fumar 2 cajetillas de cigarros diarias. Tampoco el IMSS tuvo la culpa de que mi mamá decidiera estar casi inmóvil por meses para evitar “dolores de rodillas”.


Lo que me perturbó en cierta medida fue que un grupo numeroso de personas desconocidas (entre paramédicos de la benemérita, genísaros munícipes, agentes judiciales y peritos forénsicos) deambularan por mi casa esperando algo. Sólo les ofrecí agua de sabor en vasos desechables. Y finalmente acepté una propuesta de paquete funerario que incluía certificado de defunción, incineración del cuerpo y trámite de actas ante el Registro Civil, con lo que se conjuró la asamblea de buitres uniformados que se celebraba en mis aposentos.


Una causa más de perturbación fue que un vecino me dijera que él “ya sabía” que alguien iba a fallecer en el edificio. Cuando le pregunté que cómo es que él sabia eso, me dijo que unos días antes unos perros habían aullado en la noche al pie de la edificación. Me dijo que en su pueblo eso significaba la muerte inminente de alguien en las inmediaciones. Recordé haber oído el ladrido y aullido de perros callejeros hacía un par de noches, pero la causa del alboroto nocturno era evidentemente el irrefrenable deseo de preservar la especie canina. No desilusioné al vecino con mis escépticas y prosaicas conclusiones, quien entre lágrimas pero amablemente me había dado el pésame minutos antes. Mi propio silencio fue perturbador.


Otro asunto interesante fue que las vecinas de los alrededores me pidieran permiso para “rezarle a la difuntita” de cuerpo presente. Accedí por dos razones. La primera es que mi madre hubiese querido eso precisamente, que un grupo de entusiastas pero muy piadosas vecinas le dedicaran el rezo de un rosario y otras oraciones (que más bien me parecieron canciones vernáculas sin música). La segunda es que entre este grupo se encontraba una vecina muy atractiva, quien asistió en “hot pants” al rezo colectivo. Gran motivo de perturbación, digo yo.


Cuando accedí a que le rezaran a mi fallecida progenitora les advertí a las vecinas que si bien estaría presente, no participaría activamente en los rituales, debido a mi falta de fe. Eso las perturbó un poco, pero no tanto como cuando a la lideresa de los rezos le ofrecí sólo agua de sabor al final de su homilía. Quizás ella, al igual que el ejército de uniformados, esperaba una propina que nunca llegó. Al parecer ni la legalidad ni la fe se conforman fácilmente con agua endulzada. Un aspecto que me extrañó es que para poder rezar se me pidió que acomodara la cama donde yacía mi madre de tal forma que sus pies apuntaran hacia el Este. ¿Para qué hacer eso? No pregunté, pero al parecer esa posición era la “correcta” para las piadosas damas que rezaron con fervor.


A las pocas horas de concluido el rezo vino la carroza de la funeraria para trasladar el cuerpo de mi madre a una instalación con refrigeración, para evitar su descomposición ya que sería cremado hasta el día siguiente. ¿Me perturbaba estar en la misma casa con el cuerpo inerte de mi progenitora sin más compañía? En lo absoluto. Es cierto que uno siente la falta de compañía y la mente se empeña en recordar los buenos y los malos momentos vividos con el finado. Incluso tampoco me siento perturbado ahora que han pasado dos semanas de su muerte, en las cuales sus cenizas aguardan en mi casa para ser trasladadas al Panteón Español en la Cd. de México (donde, por voluntad de mi mamá, estarán junto a las cenizas de mi papá).


Así las cosas, los momentos perturbadores de todo este trance se originaron más bien por las actitudes de las personas que por el hecho de la muerte en sí mismo. Siento mucho que mi mamá se haya ido. Me apena saber que ya no estará para ver a su más pequeña nieta en su fiesta de quince años, lo cual deseaba presenciar. Pero no me perturba. Así es la vida. Termina cuando termina, no cuando uno desearía que terminara.









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