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Una forma de iniciarse en la ciencia. Parte 1

Posted by keithcoors_00 en 11 noviembre, 2013

La ciencia es la verdadera escuela moral; ella enseña al hombre el amor y el respeto a la verdad, sin el cual toda esperanza es quimérica.

Pierre Eugèn Marcellin Berthelot

 

Ya hacía tiempo que no registraba en esta caja, en este marcador, vamos, en este mi cofre de catarsis y demás manías. Pero recientemente recuperé algunos libros viejos que me recordaron mi infancia y mi inicio en cuestiones de ciencia. Por este motivo y la remoción de ciertos estorbos para recordar lo que pasó hace ya muchos lustros me decidí a escribir esta entrada. Contaré, pues, la historia de una colección de libros que llevaron a un chico de 5 años a introducirse poco a poco en asuntos de ciencia.
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Cuando aun estaba en el kindergarden mis papás me llevaron al cine a ver una película de Walt Disney. Ellos pensaban que sería una buena idea, ya que para ese entonces descubrieron que me gustaba ver las aventuras del pato Donald y del ratón Mickey. La película parecía interesante a juzgar por el título: “Fantasía“. Yo pienso que lo que menos se esperaban mis amados progenitores es que se tratara de una película cuya intención era ilustrar una serie de obras de música culta más que presentar dibujos animados. En fin, recuerdo que la película no me pareció tan aburrida comparada con una caricatura de Donald, pero lo que más me llamó la atención fue una parte en la que se ilustraba “La consagración de la primavera” de Igor Stravinski, una obra ciertamente complicada para un chico de 5 años, pero cuyas imágenes en la cinta me dejaron una huella imborrable. En esa parte del film se presentaban imágenes de la formación de la tierra y de la evolución de la vida, pero la parte que más se me quedó grabada fue la lucha entre unos seres que jamás había visto antes. Pregunté a mis papás qué clase de animales eran y me dijeron: “Dinosaurios”.

 

Poco tiempo después, caminando con mi mamá por la calle observé en un puesto de revistas un libro cuya portada tenía justo lo que yo recordaba de Fantasía, es decir, la lucha sangrienta de dos Dinosaurios. Le pedí a mi progenitora insistentemente que me comprara ese libro, a lo que me respondió que le diría a mi papá. Esa misma tarde mi venerable padre llegó a casa con el libro bajo el brazo y me lo dio. Aunque aún no sabía leer, las ilustraciones del libro me fascinaron. La portada de ese mi primer libro, que aun conservo, a continuación:

 

Como se puede observar, la portada era bastante impactante. Las ilustraciones del interior también lo eran, por lo que captaron mi atención en forma inmediata. Poco a poco esas ilustraciones me ayudaron a entender los nombres de esas formidables bestias y a entender las palabras que describían sus características, hábitos y otros datos interesantes (en especial en número de años que habían pasado desde que vivían en la Tierra). Un ejemplo es la imagen del así llamado “Compsognato”, que incluyo a continuación (nótese los colores rojizos del animal, su feroz expresión y el fondo, una especie de bosque con un volcán en erupción):

 


 

Que las imágenes tuviesen tanto impacto fue útil para que me interesara en saber más sobre estos dinosaurios. Pero no sólo eso, sino también sobre otros títulos de la colección de libros. Al ver la última página de mi libro me di cuenta de que era el 4° en una colección de 40 libros. Esta colección, obra de Antonio M. Carneiro con título “Panorama Cultural”, era editada por la casa “Novaro – México”. A continuación una captura de los primeros títulos que tuve la oportunidad de adquirir. Nótese los nombres de los primeros 5, desde “La Tierra y su lugar en el Universo” hasta “Mamíferos Prehistóricos”:

 


 

Poco a poco mis papás fueron adquiriendo los tomos restantes de esta colección que estaban a la venta en los puestos de revistas. Al de los Dinosaurios siguió el de la Tierra, y luego el de “Principio y Evolución de la Vida” y posteriormente “Del Pez al Hombre”. El título “La Tierra y su lugar en el Universo” fue adquirido cuando ya empezaba a leer. Fue muy interesante enterarme por la lectura que además de la Tierra había otros “planetas” girando alrededor del sol. Entre ellos un misterioso planeta rojo que tenía una serie de supuestos “canales” cuyo origen se sospechaba no natural. Incluso el autor sugería que podrían haber sido fabricados por “marcianos”. Muy interesante para un crío de 6 años. Después de leer este tomo, mi madre decidió ponerme a prueba y me hizo aprenderme los nombres de los 9 (en ese entonces Plutón era considerado el 9° planeta del Sistema Solar) planetas en el séquito del Sol. Resultaba curioso para amigos y familiares que me pasara recitando “Mercurio, Venus, La Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón” mientras caminaba a solas por la sala de la casa.

 

Otra cosa que tambiérn marcó mis inicios en la ciencia es que en el 3er libro se esgrimían, sin decirlo abiertamente, las evidencias que sustentan la teoría de evolución de Darwin. Así que casi sin darme cuenta, desde chico comencé a entender lo que significaba el concepto de persistencia de las características que hacen más aptos a los seres vivos, el registro fósil y los pequeños cambios hereditarios a lo largo de periodos largos de tiempo. Por eso cuando a los 7 años me quisieron inculcar el catecismo católico, encontré las diferencias evidentes entre lo que dice la religión (creación de especies actuales) y la enorme diversidad de especies extintas que nos precedieron y cuyo registro fósil muestra con claridad.



Continuará…

 


Una respuesta to “Una forma de iniciarse en la ciencia. Parte 1”

  1. La Ciencia terrestre, sin duda alguna, ha ido siempre por detrás de los logros de la iniciación. Casi siempre inspirándose en esta última, consagrados sabios de este mundo, que en principio han sido vetados y rechazados por la llamada Ciencia Oficial compuesta por engreídos y presuntuosos, han alcanzado indiscutibles ilaciones en el campo científico y genial precisión en la esfera astronómica. Pero, a pesar de esa “exactitud” científica, de ese positivismo indiscutible en sus bases experimentales, las constantes correcciones, las sustituciones y los nuevos descubrimientos, han exigido y exigen continuos aciertos. El sistema Claudio Ptolomeo, resultado de innumerables e inamovibles investigaciones de la época, afirmaba que la Tierra era el centro del Universo; pero, tuvo que ceder su lugar a la teoría del sistema heliocéntrico de Copérnico, en el que el Sol pasaba a figurar como centro del Sistema.
    Hasta principios del siglo IX, los astrónomos aseguraban, con toda suficiencia y “positividad experimental”, que sólo siete planetas giraban en torno del Sol. Pero, eso no impidió que Le Verrier, en 1.846, descubriese a Neptuno, y gracias a los cálculos de Percival Lowell, fuese descubierto Plutón en 1.930. Después, los prestigiosos astrónomos aseguraron que esos orbes eran los últimos en descubrirse, cosa que este mismo año ha habido que rectificar con el nuevo planeta descubierto. Si los científicos que se vanaglorian de tener renombre fueran más humildes no afirmarían cosas de forma categórica en sus arriesgadas teorías, pues la función prosaica de los hombres es descubrir y calcular aquello que la Ley Suprema creó, sin consultar la presunción de los compendios humanos.
    Recordemos ciertos anales científicos y en ellos se encontrarán innumerables teorías sobre la constitución intrínseca del Sol, sin que formen un acuerdo perfecto de ideas. La teoría de los rayos cósmicos no ha tardado en echar por tierra la consagrada ley de Newton: la curvatura de la luz, en la teoría einsteiniana, después de examen de los posteriores eclipses totales, ha demostrado un error de más o menos un 30% de los anteriores cálculos teóricos.
    Marte – el planeta más próximo y accesible a los estudios astronómicos de los sabios terrestres – ha servido para saturar de teorías ciertos compendios, en los cuales la variedad de consideraciones científicas es bien acentuada. Los satélites de Júpiter sirvieron para innumerables discusiones cuando fueron descubiertos y aún hoy, a pesar de la gran capacidad técnica del instrumental óptico de Monte Palomar, los astrónomos no saben cuál es la estructura exacta de los anillos de Saturno, ni tienen la visión poliforme de los que llaman “canales marcianos”.
    Sería abrumador enumerar las teorías y descubrimientos rectificadores de la Ciencia de este mundo, desde tiempos remotos, demostrando así su vulnerabilidad constante. Los actuales astrofísicos desdeñan aún la posibilidad de la modificación del Eje terráqueo en la cercanía de este tiempo en que vivimos, y sin embargo, desde el “Libro de Enoch” – en los consagrados diálogos de Noah y Enoch, el abuelo – los iniciados conocían perfectamente el asunto y lo han seguido gradualmente a través de los tiempos.

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